VENEZUELA: EL VOTO EN CONTRA

Cuando uno piensa en votar lo más lógico es creer que el voto va dirigido a favor pero no en contra de nadie. Sin embargo y dentro del título que se le ha dado a esta serie de coloquios " Lo oculto de tu voto" , "Imagen, discurso y motivación detrás de la intención electoral del venezolano", el voto en contra adquiere un valor  considerable en el espacio de lo oculto.
    
Al hablar del voto en contra me refiero al voto como reacción inconsciente o emocional ante la experiencia vivida políticamente en periodos constitucionales anteriores o presentes. En la historia de la democracia venezolana este fenómeno se empieza a detectar luego del primer gobierno de Carlos Andrés Pérez cuando por reacción ante los argumentos de corrupción,  como el caso del Sierra Nevada, por ejemplo,  y  los escándalos de conducta personal del Presidente Pérez, la revista Resumen, dirigida por Jorge Olavarría, y otros medios, emprenden una campaña contra Pérez que llevan a la presidencia a Luis Herrera Campins frente a Luis Piñerua Ordaz del partido Acción Democrática. La propaganda en favor de Luis Herrera, en aquel entonces, lo presentaba como  un candidato llano, del pueblo pero honesto. En realidad era la imagen de un adeco dentro del partido Copei, pero honesto. Este es el incio del voto no en favor  de un candidato sino, hasta un cierto punto, en  protesta contra la supuesta deshonestidad y relajo moral en las costumbres del presidente en función. En este momento de la historia venezolana e incluso hasta diez años despues, el bipartidismo representaba la opción mayoritaria a la hora de votar.

Se ha dicho que el gobierno de Luis Herrera fue uno de los peores que ha tenido la democracia, quizá por la afluencia de recursos que recibió y lo poco que hizo con esos recursos. El petróleo, en esa época, llegó a U$S 37 el barril pero el famoso viernes negro empañó una estabilidad monetaria de vienticinco años. La marginalidad estaba en 37%, pero a partir de la devalución del bolívar casi todos los venezolanos se sintieron marginales. En ese momento, la posibilidad de que el bolívar pudiera llegar a una paridad de siete en relación al dolar escandalizaba y asustaba.  Esta situación condujo a que en las elecciones siguientes, el venezolano volvió a votar en contra del gobierno de Luis Herrera, es decir, contra  el partido Copei, sin tomar en cuenta la preparación y competencia del candidato de Acción Democrática.


 
VOTO EN CONTRA Y VUELTA AL PASADO

Jaime Lusinchi fue el padre de Recadi, uno de los focos insitucionalizados de corrupción de mayor dimensión que ha tenido el país e inicio del proceso inflacionario y pérdida del poder adquisitivo del venezolano. Su débil personalidad y la manera cómo se dejaba manejar por su secretaria privada y amante, Blanca Ibañez hicieron que en las elecciones de 1988 el pueblo de nuevo eligiera, por contraste, una personalidad fuerte, el "papito Carlos Andrés", como decía el pueblo, un caudillo que se pusiera de nuevo los pantalones,  que no importara que tuviera una amante, pero que no se dejara manejar por ella. Además, en ese momento donde ya la imagen de la "Venezuela Saudita" había desapararecido, el petróleo había bajado y la moneda se seguía devaluando, Carlos Andrés representaba el espejismo de una vuelta al pasado. Se creía que por el simple hecho de llegar al poder la coyuntura, por arte de magia, se iba a transformar y los años de bonanza de 1974-5-6,  en los que Carlos Andrés regaló demagógicamente puestos de trabajo multiplicando el gasto público, y haciendo creer al venezolano que por el solo hecho de haber nacido en este país tenía derecho a un pedazo de torta no ganada ni trabajada, que esos años en los que todos, de una manera u otra, se beneficiaron de los inmensos ingresos recibidos por la supuesta nacionalización  del petroleo y por la renta petrolera, creyeron que todos esos beneficios iban a volver únicamente por la presencia del "papito Carlos Andrés" en la silla de Miraflores. El voto de 1988   fue un voto contra la debilidad de Lusinchi, pero también fue un voto a favor de un espejismo creado por el populismo que ha caracterizado a nuestra democracia y fue también el primer voto que escondía un anhelo profundo de regreso al pasado, en este caso al primer gobierno de CAP.
Ese voto representó  una idealización y una falta de comprensión de ese pasado y, por tanto, falsas expectativas en relación al presente, debido a un desconocimiento total de la situación que se vivía entonces. Carlos Andrés no tenía ese desconocimiento y estaba consciente de los errores cometidos en su gobierno anterior y del descalabro que había implicado Recadi por eso, al asumir la presidencia, trató de corregir todas esas fallas y de enderezar incluso lo que él mismo había torcido. Escogió un equipo de gobierno de primera línea, pero no tuvo la paciencia de explicar a la ciudadanía lo que estaba ocurriendo, los errores que él mismo había cometido y las medidas que iba a tener que tomar. No supo decirle a un pueblo a quien él había hecho creer que se puede vivir sin disciplina, sin preparación, sin conciencia cívica, ni amor al trabajo, que había que cambiar de actitud y de motivación ante la vida para construir juntos un mejor país. A los pocos días de asumir la presidencia eliminó Recadi, aumentó la gasolina, tomó una serie de medidas que era convenciente tomar pero que no estaban en el panorama de la expectativa creada por el pueblo que lo eligió. La reacción no se hizo esperar. Todos conocemos los hechos del 27 de febrero de 1989. A partir de ese momento la mirada del pueblo hacia su "papito" cambió.  Ya no le perdonó los posibles actos de corrupción, que en otro momento le hubiera reído como viveza, ni tampoco faltó quien se aprovechara de esa coyuntura para intentar romper el orden constitucional.

En la historia de la democracia venezolana el voto reactivo o el voto en contra lo activa Carlos Andrés Pérez más que cualquier otro presidente. Quizá porque él despierta en el pueblo afinidades y desagrados muy cercanas a la imagen que tiene el venezolano del caudillo, del líder, de la figura de autoridad, que otros candidatos no  cumplen tan a cabalidad e incluso, me atrevería a decir, del ideal de hombre a que se aspira ser. Esa reacción de amor y odio o esa dialéctica la hemos podido apreciar de nuevo en el éxito abrumador de su elección como senador por el Táchira. Curiosamente tambien y como parte de la paradoja, Carlos Andrés  en su segundo gobierno hizo el intento de modernizar el Estado pero sin abandonar la connivencia y la complicidad, lo que estableció las bases para la peor crisis financiera que ha tenido el país. La reacción y el resultado final fue una vuelta al pasado.
 
Voto en contra y vuelta al pasado han estado unidos a partir de ese momento para crear una reacción mucho más visceral de lo que nunca antes se había dado en la historia de la democracia. El descontento general condujo a varias intentonas golpistas en el último año de su gobierno. La primera comandada por el teniente coronel Hugo Chavez Frías le valió la presidencia a Rafael Caldera quien, se puede decir, la ganó ese día, el 4 de febrero de 1992, con un discurso que sintetizó lo que el pueblo quería oir. Mientras que Eduardo Fernández perdió de nuevo la batalla, ese mismo día que la ganó Caldera, porque la gente confundió la valentía y defensa inmediata del sistema democrático con el apoyo a Pérez, no ya como la cabeza de ese sistema sino como el símbolo de la corrupción que había conducido al país a la grave situación económica que vivía entonces.
  
LA REACCIÓN Y LA IRA

A partir de ese momento y con más virulencia que nunca la emoción se impondrá por encima de la razón a la hora de votar.
Y esa emoción, cargada de resentimiento y  de rabia, es la que ha aglutinado como no había sucedido en los cuarenta años del sistema democrático Hugo Chávez Frías. Si el populismo y demagogia de Rafael Caldera dieron una marcha atrás en la historia de varios años. El populismo y demagogia de Chávez remite al siglo XIX, pretende conducir al venezolano de nuevo a lo que Manuel Caballero ha llamado el siglo de la guerra al enfrentar como nunca antes en la etapa democrática a la sociedad venezolana. Es además una reivindicación de la figura del caudillo como  elemento mesiánico y salvador que arrastra a las huestes hacia la revuelta y la revolución, como hicieron los numerosos caudillos que durante el siglo XIX tantas veces destruyeron y quemaron el país. El discurso de Chávez lleva en sus palabras la antorcha de la ira y de la violencia. Su llamado a la constituyente pretende crear un vacio de poder que solo la fuerza  podría llenar. Los símbolos recurrentes de los que se rodea son los mismos que se detectan en el siglo XIX venezolano y algunos,  yendo más atrás,  en la etapa de la revolución francesa. El problema es que no falta quienes piensan que hay que quemar la Bastilla, que hay que arrasar con todo para empezar de nuevo como si eso fuera totalmente gratuito. Y en este caso aparece Jorge Olavarría, de nuevo, azuzando el fuego.

En el sustrato de todos estos resentimientos, rabias y reacciones está el descontento con la situación presente en función de las expectativas creadas. En el caso de la Venezuela actual el incremento de la marginalidad, el desencanto de toda una población que ha visto transcurrir cuarenta años de paz, de bonanza petrolera y riqueza estatal sin que se haya construido a conciencia las bases y el fundamento de la nación. Pero este desencanto ocurrió también en el pasado, incluso en momentos de gran gloria para Venezuela, como fue la reacción ante el costo de la contienda independentista.

EL DESCONOCIMIENTO DE LA HISTORIA

Venezuela nace a la vida republicana, paradójicamente, con  resentimiento y rabia ante la desolación en la que se encuentra el país al otro día de la Independencia.  Pero, en lugar de comprender y aceptar lo que se ha logrado y construir a partir de ahí, la ira ante el panorama impulsa la vuelta al pasado. Justo al otro día de la Independencia, cuando se intenta reorganizar la nación en el terreno político, social y económico, "la Convención de Valencia, asamblea constituyente de la nueva república, no solamente desconoce la autoridad del hasta poco antes Libertador-Presidente y héroe aclamado, sino que amenaza con ajusticiarlo si pisaba de nuevo tierra venezolana"  Bolívar murió poco después y eso solucionó uno de los problemas pero las pugnas entre los militares que habían luchado en la Independencia y los caudillos locales continuará. Sólo José Antonio Páez, "un poder semejante a la Corona",  logrará "meter en cintura" a los militares. Esta tentación autoritaria ha cobrado muchas vidas en la historia de Venezuela siempre con la excusa de reconstruir la nación. A menudo, con esa misma intención, se ha arrasado y quemado lo que ya estaba deteriorado, pero que se hubiera podido reconstruir y transformar.
    
Ese autoritarismo y totalitarismo, tanto al otro día de la Independencia como ahora, son producto de  reacciones, que como la misma palabra indica no son pro-activas sino re-activas y por lo tanto generalmente implican un retroceso,  una vuelta al pasado. Esto sucede cuando no se ha comprendido a profundidad lo sucedido y por tanto no se puede, a partir de lo que se tiene, aprovechar con creatividad lo positivo de la situación y reformular aquello que se desea transformar. Cuando no existe esta comprensión la rabia  y la ira se imponen, y la violencia y el ataque personal imperan. Algo así sucedió al finalizar la Independencia.  Tanto en el terreno social como en el económico Páez dió un giro de ciento ochenta grados en relación a lo que se había conseguido con la Independencia. Se restableció de nuevo la esclavitud, se reservó la condición de ciudadano sólo para los propietarios, se establecieron de nuevo los monopolios y la ley de espera y quita y se hubiera perseguido a Bolívar en una guerra civil si Bolívar no se muere en el camino, pero incluso despues de muerto, tuvieron que pasar muchos años para que se pudiera permitir a sus restos llegar a Caracas.

DEMOCRACIA Y CONFLICTOS SOCIALES
                     
Esta dialéctica, peligrosísima, no está consciente en la mente de la mayoría a la hora de escoger a sus dirigentes. Todavía hoy a finales del siglo XX la misma actitud reactiva se impone. Y esa actitud la tienen los que piensan que no se puede estar peor de lo que ya  se está, sin tomar en cuenta de que siempre se puede estar peor, de que no existe tal cosa como tocar fondo. El fondo siempre se puede hundir un poquito más. No hay más que revisar la historia de estos últimos viente años. Desde la perspectiva actual añoramos la coyuntura de la época de Luis Herrera, pero en el momento de finalizar el gobierno de Luis Herrera, el venezolano sentía que le habían quitado el piso bajo los pies ante la posibilidad de que el bolívar pudiera llegar a una paridad de Bs. 7 frente al dólar y no digamos a una paridad de 14 como expresaban los más pesimistas. La paridad actual es de BS. 572 por dolar y la marginalidad alcanza el 80% de la población y tampoco esta cifra llega a representar la manera como el venezolano se ha empobrecido. Los informes del Banco Mundial al respecto son aterradores, 40% de la población venezolana no dispone de agua corriente, el abandono escolar y el analfabetismo funcional van en aumento y el deterioro de la calidad de vida en todos los niveles es un hecho. Pero este deterioro puede empeorar todavía más y puede ir unido a enfrentamientos, insurrecciones, violencia, a algo que ya parecía estar desterrado de la historia del país.

El resentimiento ante la diferencia de clases  y privilegios condujo a la destrucción y la guerra  en el siglo XIX,  un siglo en el que el país ardió varias veces.  Dichas diferencias y privilegios se equilibraron, de una cierta manera en el siglo XX. El proceso democrático y fundamentalmente el partido Acción Democrática, hicieron sentir a la ciudadanía  que cualquiera, independientemente del estrato social  del que provenía, podía llegar a ser Presidente de la República o alcanzar un puesto público. Los partidos infliltraron todos los poderes, principlamente los dos partidos mayoritarios, aunque el partido que supera en creces el número de inscritos a cualquier otro sea Acción Democrática. Por eso se dijo que el pueblo venezolano es adeco. Esto funcionó en los primeros veinte años de democracia, pero paulatinamente el desencanto, más que hacia la democracia hacia los partidos, se fue apoderando de muchos que empezaron a sentirse decepcionados.
               
POPULISMO

Si la marginalidad ha ido aumentando de manera tan vertiginosa en los últimos veinte años se debe principalmente a las políticas populistas de los gobiernos de turno. Unas políticas más dirigidas a la protección de la pobreza que a su erradicación. Se diría, incluso, que dentro de la mediocridad del sistema  a los partidos les convenía que la población se mantuviera pobre e ignorante de manera de poder manipularla mejor sin que dicha población se diera cuenta de la  mediocridad de algunos de los dirigentes partidistas. Y de mantenerla pobre e ignorante, incluso en el seno de su propio partido. De no ser así ¿cómo se explica que un hombre como Alfaro, que apenas posee cuatro grado de primaria,  haya podido llegar  a ser candidato presidencial de la tolda blanca?. La ignorancia, la  falta de preparación ciudadana y el incremento desproporcionado de la pobreza son la causa mayor de ese voto en contra del que hemos estado hablando y la mayor interferencia en la posibilidad de lograr una auténtica democracia participativa. 

EL PETROLEO Y LA DEMOCRACIA

Se llegó a decir que el petróleo  ha subsidiado  a la democracia. Probablemente hay mucho de verdad en eso. Lo que no se ha definido claramente es ¿qué es lo que se entendió por democracia?, Y aquí es donde surge el conflicto y el enfrentamiento que vive hoy el país de manera tan dramática. Lo que subisdió el petróleo fue una partidocracia clientelar.  Quizá por eso vemos cómo los partidos hoy se desmoronan cuando ya el petróleo no puede seguir subsidiando aquello que se llamó democracia. No ha habido en Venezuela una auténtica cultura democrática, que creara conciencia de la responsabilidad tanto a la hora de votar como en el momento de conocer y actuar en relación a sus derechos y deberes. Dicho subsidio ha hecho creer  que se tiene derechos pero no deberes,  de ahí la queja, la rabia, la ira y la venganza tan desatadas hoy y que se manifiestan precisamente a través de ese voto en contra. En el petroestado venezolano han prevalecido relaciones de sumisión más que de responsabilidad  compartida. Por eso son tantos lo que  reaccionan queriéndose vengar de lo que sienten que les han hecho, pero no piensan qué pueden  hacer ellos por ellos mismos, qué pueden hacer por los demás, qué pueden  aportar al bienestar colectivo empezando por el de su comunidad más cercana.

FIN DEL PETROESTADO 

Parte de la coyuntura conflictiva que se vive hoy se debe precisamente a este hecho. El petróleo ya no puede seguir subsidiando el clientelismo político ni la partidocracia, por tanto hay que iniciar un proceso de auténtica cultura y participación democrática.  Este proceso ya ha comenzado, se ha ido dando paulatinamente en la última década, por eso existe el enfrentamiento y el conflicto que  vivimos hoy. Conflicto y enfrentamiento entre los que están convencidos que la democracia se puede regenerar porque es un sistema abierto y participativo que depende de los ciudadanos que la integran y, por otro lado, de aquellos que creen que la democracia es sinónimo de partidocracia cerrada y clientelar y que han demostrado un rechazo visceral hacia todo lo que pudiera estar teñido por las estructuras de poder que han dominado el sistema en estos últimos cuarenta años, independientemente de la capacidad del candidato y de sus propuestas. Este rechazo se da incluso en aquellos que se creen demócratas pero que todavía profesan una fe casi religiosa en sus dirigentes y que prefieren la "no contaminación con el enemigo" a la capacidad, profesionalismo o propuestas concretas de gobierno de cualquier otro que pueda estar "contaminado" con los símbolos del petroestado. 
 
Todo esto es mucho más complejo y tiene raíces ancestrales que no viene al caso analizar ahora. Pero la realidad es que, hoy, esta  es la división  que ofrece  el panorama electoral venezolano. Los primeros se han agrupado alrededor de Salas Römer, a los segundos los ha aglutinado Chávez Frías. Los primeros están conscientes de que a partir de ahora no pueden esperar que el estado benefactor supla todas sus necesidades. Saben que van a tener que organizarse y participar más activamente en la vida ciudadana y sobre todo están conscientes de que la etapa de abundancia ya pasó y de que, no importa quien sea el presidente, ni a qué línea pertenezca, la situación no va a ser fácil. Está mucho por hacerse, pero lo importante es que el proceso ya comenzó. Es cierto que la partidocracia  fue un fraude y que los resultados son deplorables y patéticos, pero existe una infraestructura de beneficios cuyas bases  se pueden aprovechar en función de la transformación. Y existen programas concretos para dar educación y erradicar la pobreza.

Además en estos días, justo antes de las elecciones, podemos decir que vemos crecer la grama. Minuto a minuto la población ha sido testigo de la manera desesperada como los restos de la partidocracia se aferra a un hierro candente con tal de resguardar la pequeña cuota de poder que todavía creen detentar. No hay más que ver la figura patética de Alfaro Ucero y el desespero de su voz, o a los mismos adecos enfrentados a puños en su propia casa. Y aquí también se da una situación paradógica. Curiosamente Chávez adquiere su fuerza atacando a los partidos como símbolo del sistema, de esta manera exalta los ánimos de los que creen que sólo tienen derechos y no deberes y de que han sido traicionados. Pero paralelamente Luis Alfaro Ucero, el candidato de Acción Democrática y la esencia de esa visión cerrada y clientelista del partido, al observar que su posición pierde fuerza, exalta los ánimos de sus partidarios atacando no al que dice que va a acabar con los adecos sino a aquel que representa en este momento la  opción de renovación democrática con más posibilidades de ganar las elecciones.

 Lo que quizá Chávez no se ha dado cuenta, y quizá Alfaro tampoco, es lo cerca que están el uno del otro. Lo similar de su miopía ante lo que la democracia representa. Ambos tienen todavía en la mente la imagen del caudillo decimonónico que arrastraba a las masas desposeídas en función de un espejismo que se desplazaba en el tiempo.  Alfaro, ante la petición de su renuncia por parte del CEN de Acción democrática, y ante la posibilidad de perder la cuota de poder que había disfrutado dentro de ese sistema cerrado y clientelar, dejó de atacar al adversario que había prometido freir su cabeza y arremetió, en los mismos términos que se había hecho en el siglo XIX, contra Salas Römer. Porque en este momento,  para Alfaro, Salas no representa la única posibilidad de renovación democrática frente a una posible dictadura de Chávez, sino aquel que lo desplaza a él en sus ansias de poder. Por eso exaltó los ánimos de sus compañeros de partido, muchos de los cuales no han tenido acceso ultimamente a su pedacito de torta, en contra de Salas dándole el calificativo de perteneciente a la godarria.

De nuevo aparece el resentimiento y el conflicto social en el sustrato de la evaluación política. Ante la bipolaridad actual lo que en realidad Alfaro estaba diciendo es la cuota de poder del partido es más importante que el país, si perdemos nuestra cuota de poder, o mejor dicho, si Alfaro pierde la suya, mejor que gane Chávez y que todos pierdan. Este es otro ejemplo de reacción o de proposición de voto en contra que  puede traer consecuencias desastrosas.

LA MOTIVACION AL PODER
   
Se sabe que en Venezuela la motivación al poder es una de las más altas del mundo comparada con  la motivación al logro. Esta motivación al poder ha estado asociada a la manera cómo el sistema democrático se ha entendido en los últimos cuarenta años. El subsidio del petróleo a la democracia ha creado ciudadanos más preocupados por la obtención de un puesto que no exija demasiado esfuerzo que por la superación personal. El clientelismo y la partidocracia  privilegiaron la posibilidad de acceso a cargos públicos a los integrantes de sus propios partidos. La meritocracia estuvo exenta de cualquier proceso selectivo. Y esto, incluso en el seno de los propios partidos. Era más importante tener un carnet de identificación partidista que años de experiencia. Todo esto está cambiando y muchos no se resignan a ello. Los dos principales partidos, que al inicio de la democracia firmaron el Pacto de Punto Fijo y prácticamente se repartieron el poder en todos los sectores, están hoy atomizados y acéfalos por el propio sistema autártico que internamente los guió y porque ya muchos de sus integrantes no están dispuestos a seguir la disciplina partidista. Los gobernadores electos de dichos partidos, especialmente de AD, han sido los abanderados del voto en contra de su propio partido por darse cuenta de las pocas posibilidades que tienen de ganar así como  del peligro que implica la elección de Chávez, principalmente porque perderían el poco territorio ganado que todavía les queda. En este sentido tenemos un doble voto en contra.

CHAVEZ, LA INCÓGNITA

Nadie sabe lo que va a hacer Chávez de ganar las elecciones pero lo que si se sabe es que trató de quebrar el orden constitucional por la fuerza, que tiene muertos sobre sus espaldas, que  ha prometido ignorar las recientes elecciones del 8 de noviembre, que no cree en la descentralización y que ha dicho que  disolverá  el congreso,  llamará a un referendum el 15 de febrero entrante en favor de una constituyente, destituira al actual directorio de PDVSA y otras medidas similares. Tiene todos los rasgos de un fundamentalista, pero también ha demostrado la suficiente viveza como para convertirse en camaleón y bailar al son que toquen de acuerdo al escenario. Lo que no ha presentado es un programa concreto de gobierno. Pero si ha dado muestras de suplir el espectáculo. A sabiendas de la carencia que se avecina distraerá la atención de todos aquellos que han creído que con él iban a vivir mejor con artimañas como referendums, constituyentes etc. Pero el circo puede distraer un tiempo luego llega la realidad.  Y esa realidad puede ser mucho más violenta de lo que el propio Chávez se imagina. La reacción de los que de verdad creyeron en él  y le dieron su voto ante la decepción y frustación en este caso puede ser terrible. Y aquí si se podría regresar al siglo XIX o a una dictadura en donde ya no sería Chávez la cabeza sino un Pinochet cualquiera.

DEMOCRACIA PARTICIPATIVA

En fin, la realidad es que, independientemente de quien gane el 6 de diciembre, una nueva era se ha abierto para Venezuela. Los acontecimientos de estos últimos meses han forzado a la creación de  una conciencia ciudadana que esperemos se manifieste con sufiente holgura el próximo 6 de diciembre. Esa conciencia sí representa un voto a favor. Un voto a favor de la posibilidad de crear en Venezuela una auténtica democracia participativa. Esperemos, por el bien del país que, independientemente de quien gane las elecciones, el diálogo por la construcción nacional sustituya a los enfrentamientos, a las reacciones virulentas, a la ira o al miedo y que sintamos todos de que, a partir de ahora, la responsabilidad de las decisiones que se tomen y de lo que pase en Venezuela no es únicamente del ciudadano presidente o de sus ministros sino de todos los que con nuestro silencio o nuestra voz cumplimos con nuestro deber democrático y exigimos nuestro derecho ciudadano.



                     María Ramírez Ribes

                    Caracas, 28 de noviembre de 1998