NÉLIDA PIÑÓN

Este año la Casa de América en Madrid dedicó la semana del autor a la escritora brasileña Nélida Piñón, Premio Príncipe de Asturias 2005 y artífice de La república de los sueños y otras obras. Recientemente publicó Voces del desierto. Escritores de la talla de J. J. Armas Marcelo,  Julio Ortega, Carmen Iglesias y Juan Cruz, entre otros, analizaron su obra entre el 8 y el 11 de mayo. La propia Nélida Piñón participó todos los días. En ese marco tuvo lugar esta entrevista.

Como hija de inmigrantes gallegos, ¿de qué manera ha incidido la experiencia de sus padres en sus narraciones?

En un principio, yo no tenía una idea muy clara de que yo era hija de la inmigración. Nací en una familia bien organizada, mis abuelos gozaban de una situación económica buena. He sido beneficiaria del fruto de su trabajo. Pero me di cuenta desde muy temprano que formaba parte de una familia que tenía sus singularidades, empezando por la comida. Siempre digo que la comida define la cultura. También me di cuenta de que mi abuela tenía una nostalgia permanente, evocaciones, sentimiento de sentirse extranjera. Yo sabía que, en algún lugar del mundo había una geografía amada por mis abuelos y por mi padre. Además, a los diez años me llevaron a Europa, un viaje extraordinario que fue la piedra angular que marcó el antes y el después en mi vida. Yo soy un producto de una muy rica cultura y eso estuvo presente en mi imaginario, en mis narraciones, en la forma de enfrentar la vida, de aceptar y buscar la singularidad.  Siempre creí que el código que la sociedad me ofrecía era suficiente para mis conceptos.



Ese dialogo entre el sueño de lo imaginario deseado y el choque con la realidad, que de una cierta manera presenta La república de los sueños, ¿podría ser una metáfora de lo que ha sido la historia de América Latina?


Yo creo que si. No solo nuestra historia, sino la historia de la humanidad. Vivimos siempre en una dicotomía, en oposición a algo. Tenemos un proyecto personal, un proyecto colectivo, pero la realidad disuelve nuestro proyecto,  y a la vez   nosotros renovamos todo lo que hemos pensado hasta hoy para  formular  otras hipótesis. Somos criaturas del sueño, tenemos la ilusión de estarnos forjando siempre una nueva realidad. Y hacemos parte de esa realidad porque el sueño no es antagónico con esa realidad, contrario a lo que la gente dice, el sueño es la realidad. No el sueño idealizado, que es una metáfora falsa. El sueño es lo que uno está viviendo  cada mañana cuando despierta. Tomar un café recién hecho es un sueño, con un pan y mantequilla. Estar vivo. Abrir los ojos y ver que estoy viva. Eso es un milagro permanente. La realidad está hecha de todo lo que nos compone, incluso del sueño.


Estoy totalmente de acuerdo, Pero ¿no le parece que en América Latina lo que podría ser el germen de la utopía, que sería el "deber ser histórico" que está en el sueño colectivo latinoamericano, ha tenido un peso y una incidencia muy grande?


Claro que sí. América ha sido el sueño de los europeos, somos victimas de los sueños de Europa y somos protagonistas de nuestros propios sueños. Da la impresión de que los grandes escritores de nuestro continente están siempre formulando  otra narrativa dentro de la narrativa que están haciendo. Es como si hablaran para afuera. Independientemente de lo que están haciendo. Creo que somos víctimas, protagonistas y autores de nuestros sueños. Pero está también la sensación de que en América se concentran muchos fracasos por la dimensión de nuestros sueños. Cuanto más elevada es esa dimensión, mayor  es la caída de los ángeles.


Quizá por eso los personajes de Madruga y Venancio son arquetipos del ganador y perdedor. ¿Cuál sería la diferencia entre los sueños de ambos?


Hay una relación entre los sueños de ambos, hasta el punto de que Madruga entiende que Venancio es su alter ego. Hay una transferencia. Madruga dice muy claramente: "Venancio sueña en mi nombre", como si él no tuviera tiempo de estar a la altura de los sueños de Venancio. Venancio  no tenía "las responsabilidades" de ascensión social que arropaban a Madruga. Los sueños de Madruga eran diferentes, el  sueño de Venancio era un sueño de fracaso. Incluso cuando llega a América baja "con el pie izquierdo" con toda la carga que esto tiene.  


Pero, ¿por qué a Venancio le cuesta tanto entender a Brasil?


Yo no creo que le cueste, lo que ocurre es que no acepta. Él ve una América que no quiere ver, Madruga es un triunfador, quiere ascender al precio que sea, y Venancio no tiene esa aspiración, ve a Brasil de una forma casi nefasta, pero es también una forma de comprensión, es una manera de mirar a Brasil. Su versión es muy dramática, muy oscura, muy goyesca. Pero es una versión.


¿Cuál serían entonces las carencias de Venancio y cuáles las de Madruga dentro de esos arquetipos?


 Una de las carencias fundamentales de Madruga es que él sabe que hay que dudar de la calidad de sus sueños. Sus sueños tienen también una sombra de fracaso, Tanta que él sabe que para ganarse el dinero como lo hizo tuvo que renunciar a la capacidad de narrar, de contar las historias de Galicia. Su abuelo Xan tenía la ilusión de que él fuera un día su heredero. Lo defrauda. Cuando se va a América, él renuncia a la libertad de la narrativa, cambia la narrativa por el oro. Es por eso que  posteriormente decide alentar, educar  a la nieta para  que la nieta sea la gran contadora de historias, como si, de alguna manera, la nieta se convirtiera en el abuelo Xan. Esa es una de las carencias de Madruga. Venancio escoge lo trágico del mundo. ¿Por qué decide permanecer solo, no formar una familia? Aunque hay una insinuación de que ha amado a Eulalia, hay en él una carencia de amor y una falta de  audacia para vivir.  A veces no  tienes mucho pero hay que vivir con lo que tienes. Si tienes un pedacito de pan duro, ponlo en el café y se ablandará. Venancio no sabe cómo cambiar el destino del mundo.  Acepta lo trágico y no sabe darle la vuelta. Eso es una carencia.


¿No podría ser Venancio  una metáfora de América Latina  en el sentido de no haber sabido construir con lo que se tiene, pensando siempre en imitar  y pretender ser otro?.


Es verdad, es un mimetismo falso. No hemos sabido apreciar nuestra propia singularidad. Tendríamos  que aprender a convivir mejor con ella y apreciarla. Aceptarla y reivindicar nuestro carácter ontológico casi como un ejemplo para el mundo.  Nosotros iberoamericanos oscilamos entre el fracaso y la ilusión.


La ilusión de ser como aquellos que creen que han tenido éxito. Y, sin embargo, uno se podría preguntar ¿en dónde radica la dialéctica entre el éxito y el fracaso?


Pero, en general, tampoco aceptamos el éxito.


Porque pensamos que no nos lo merecemos.


Es una deformación ibérica. El mundo ibérico no acepta muy bien el éxito en general. En el mundo anglosajón el éxito es obligatorio y cuando alguien alcanza el éxito es aplaudido por la comunidad porque quieren que el éxito esté al alcance de todos. Si tú tienes éxito quiere decir que mañana yo también lo podré tener, por lo tanto, tu éxito no empaña mi futuro, no aliena mi futuro.


Y, ¿Por qué  nosotros no tenemos esa visión?

Habría que pensarlo. Creo que todo cambia  a partir de la noción de trabajo en Weber. Para nosotros el trabajo es una vergüenza, es algo servil, para esclavos. Ahora ya no, pero fue así en un tiempo.   El mundo anglosajón valora mucho el trabajo, lo considera indispensable.


Y, ¿Cuál sería el secreto del éxito?  El éxito de las naciones.


El secreto es la educación. La competencia. La capacidad de pensar, de decidir, de elaborar un vocabulario. Hay una competencia en el éxito. La tiene que haber. No es solo suerte, no es una casualidad. Por ejemplo, para Japón fue una suerte que luego de la Segunda Guerra mundial se le vetara tener un ejército. Gracias a eso más del 20% del presupuesto internacional se dedicó a la educación. Hay que estimular el trabajo y la educación. Es muy difícil que un país pueda atender a sus demandas  sociales,  si la sociedad en su conjunto no trabaja. ¿Cómo se puede pretender tener un país que ofrece asistencia social sin desarrollo económico?


O sin  libertad

La libertad, claro. Creo en el esfuerzo personal en el marco de la libertad.


¿Cómo han incidido los mitos revolucionarios en América Latina hoy?


Los mitos tienen una durabilidad. Hoy habría que hablar de la práctica más que de los mitos.


Pero hay mitos como el de Che Guevara de medidos del siglo pasado,  que en ciertos países vuelve a la luz pública y se  reivindica como imagen del éxito a seguir.


Tener héroes es una necesidad Pero, ¿cuántos héroes hemos tenido de carne y hueso y cuántos inventados? Pura fabulación. Entonces entre la cara de verdad del héroe, sus huesos y la fabulación hay una zona nebulosa en la que todo puede pasar. Y como el pueblo tiene tantas carencias… El pueblo necesita la figura del padre, la figura emblemática que conduzca  a las naciones al éxito, a la ilusión. Entonces, una persona que se asuma como portavoz de las ilusiones ajenas tiene posibilidades fantásticas de convencerlos. La gente en general tiene una tendencia a construir mitos contemporáneos que al cabo de un tiempo se desvanecen, pero hay siempre una tendencia. Mircea Eliade, a propósito de la construcción de los mitos, decía  que estamos llegando a un momento en el que en una generación  podemos crear y recoger los efectos de un mito. Antiguamente un mito surgía de miles de generaciones. Hoy en día, la suerte es que los mitos  tienen poco tiempo de vida, porque nadie aguanta tantos mitos y tan tontos en tan poco tiempo de vida.  


Lo que ocurre es que cuando el mito va a acompañado de poder económico…


Pero ahí los pueblos tendrán que aprender a convivir con ellos y expulsarlos si no les conviene más. No hay mucho que hacer. Porque los pueblos también son responsables por sus decisiones. La dictadura que se implanta es un resultado directo o indirecto de la voluntad popular, que a veces se deja seducir  por la promesa de una   situación mejor y, claro, a veces,   cuando la gente se da cuenta del aspecto maligno de la dictadura, por ejemplo,  ya es muy tarde para reaccionar porque el aparato de estado ya está montado y ahí ya no hay más nada que hacer.  Eso son las astucias de la historia.


                -----------------------------------------------


                            María Ramírez Ribes
                                Madrid, Mayo 2007