CARLOS FUENTES

Carlos Fuentes, (1928) como México, encierra la paradoja de esa ciudad que ha sido el personaje principal de muchas de sus obras.  Un México, que en su dualidad, afirma su pasado. Mundo alucinante y moderno, grotesco, erótico, nostálgico y ansioso de universalidad, cruel, ardiente de dignidad y siempre al borde de la muerte.  Memoria de una incógnita.  Fundamento de un tiempo sagrado y profano a la vez.

Carlos Fuentes podría ser el prototipo de un dandy cosmopolita que se mueve fluidamente en los medios más sofisticados y en distintas lenguas, como si fueran la suya propia, siendo siempre el centro de la atención.  Pero también, podría ser el arcano del mexicano profundo enraizado en la historia y en la tierra, en los valores, los prejuicios, los gustos y en los hábitos, en la esencia de esa ciudad que ha desbordado sus límites y ahogado en el caos el misterio de su esencialidad.  En realidad, en Carlos Fuentes convive el personaje cosmopolita con el mexicano profundo. Carlos Fuentes, como la ciudad de México, es moderno y antiguo. 
Su obra recupera toda una mitología actualizando la suya propia. En el eje de su expresión está el problema de la identidad latinoamericana, de su mestizaje y de su polifonía cultural. 
La vitalidad de Carlos Fuentes se vierte en cada uno de sus gestos, en cada tono de su voz, en ese lenguaje vigoroso siempre dispuesto a vibrar ante un nuevo juego del concepto.  En Carlos Fuentes todo es pasión e intensidad.  No hay medias tintas.  No obstante su vida ha transcurrido en el vértice de dos culturas.  Por eso le preguntamos:

¿Cómo ha sido tu relación con la sociedad norteamericana? ¿Cómo te ha marcado?

-Mira, en primer lugar, yo crecí en Estados Unidos.  Yo hice mi escuela primaria allí, viví en Washington entre el 1934 y el 1941, es decir en la época del New Deal de Roosevelt y en una época difícil de las relaciones entre México y los Estados Unidos que, sin embargo, a través de la política del Buen Vecino y de la coincidencia del gobierno de Roosevelt en Estados Unidos con el gobierno de Cárdenas en México, dieron un ejemplo de cómo los problemas más difíciles, los problemas más ríspidos, los problemas más tirantes entre un país latinoamericano y los Estados Unidos podían resolverse a través de la negociación, de la buena voluntad y de la solución diplomática.
 
Estamos condenados a vivir juntos en las Américas.  Sería muy cómodo desprender a México y a la América Latina y a la América Central de este continente e irnos flotando hacia la Polinesia y separarnos de los gringos para siempre.  No podemos hacerlo.  Tenemos que entender a los Estados Unidos.  Tenemos que conocer su cultura.  Tenemos que saber la manera de hablarles.  Tenemos que saber la manera de persuadirlos y tenemos que ser firmes en el trato con ellos, porque ellos desprecian a los que creen que de rodillas se obtienen ventajas.



¿Cuál es el rasgo primordial de los Estados Unidos?

Los Estados Unidos son una democracia.  Son un imperio y son una democracia.  Son una democracia que debate su naturaleza imperial y un imperio que debate su naturaleza democrática.  En consecuencia tenemos un margen de actuación, nosotros, en América Latina, que tenemos que explotar, que tenemos que saber emplear para disminuir la influencia norteamericana, para afirmar nuestra propia independencia, para dejar de ser repúblicas bananeras, y para promover un mundo multipolar en el cual la América Latina, más o menos unida, por lo menos unida en ciertas políticas, ciertos fines, puede representar un nuevo poder en el mundo junto con otros centros de poder multipolar, como son África negra, Islam, China, Japón, la India, la Unión Europea.
   
¿Cómo iniciar el diálogo?
   
Tenemos un papel que jugar en el futuro, tenemos que prepararnos para ese papel y una manera de prepararnos es hablándoles a los norteamericanos, sembrando ideas, dirigiéndonos a ellos.  Eso es una cosa que tenemos que hacer muchos y los que tenemos acceso a las tribunas norteamericanas, a su prensa, a su televisión, a sus universidades, como es mi caso, debemos emplearlas.  Hay muchos latinoamericanos que tienen ese acceso y lo emplean muy bien.  Yo me siento parte de ellos.  Creo que es una labor que hacemos para el futuro, para sentar ideas fundamentales para una coexistencia digna entre la América Latina y los Estados Unidos.
   
¿Somos virtuales para los norteamericanos?
   
Yo me doy cuenta que los norteamericanos son muy dados a pensar que los problemas de América latina nacen en el momento en que la cadena de televisión CBS o el New York Times se ocupan de ellos y antes no existen, no tienen un pasado.  ¿Cuál es la historia de El Salvador?  ¿Cuál es la historia de Nicaragua? ¿Cuál es la historia de Brasil?  Nadie lo sabe.  Esta historia empieza en el momento en que los medios de comunicación norteamericanos se ocupan de nuestros países.  Hay una percepción totalmente pervertida de la realidad y de las políticas aplicables, porque se desconoce que estas situaciones, que estos países, poseen un contexto cultural y poseen un contexto histórico.  
   
Cuando la Comisión Kissinger publicó su informe sobre América Central en el cual hace una discusión entre revoluciones que la Comisión llama "indígenas", o sea la revolución norteamericana y la revolución mexicana, y revoluciones "exóticas o importadas", como fueron la revolución cubana y la revolución nicaragüense, yo me dije, pero, ¿qué es lo verdaderamente indígena en la América Latina?. Finalmente es la Contrarreforma española.  Cuatro siglos de colonialismo español. La Iglesia Católica. La Inquisición. El patrimonialismo económico y político.  Eso tiene muy poco que ver con el capitalismo y con el comunismo.  Son problemas nuestros muy viejos.  América Latina está viviendo una querella de familia, un debate con nosotros mismos más que con los Estados Unidos. Recordemos que estos problemas son nuestros y que tenemos que resolverlos entre nosotros.
   
¿Y, cuál sería la forma viable?
  
-La forma viable depende todavía de nación en nación.  Estamos en un proceso de diferenciación y de afirmación nacional.  No es lo mismo el problema agrario en Venezuela que en México o que en la Argentina.  Tenemos que atender a problemas nacionales.  Pero sí creo que podemos también tener, en la medida de lo posible, políticas comunes en el aspecto internacional. Podemos juntarnos para defender ciertos principios, ciertas soluciones, ciertas realidades.  Creo que lo estamos haciendo
   
¿A la velocidad que deberíamos?
   
-Debemos tener cuidado porque siempre hemos querido movernos a gran velocidad para estar al día, para llegar al banquete antes de que nos toquen sólo las migajas y por ello mismo dejamos de resolver problemas básicos que, a veces, son problemas de hace cuatrocientos años.  Tenemos que resolver los problemas básicos sin perder de vista los problemas de la actualidad.  Pero si solamente atendemos los problemas de la actualidad y queremos estar al día, continuaremos prolongando la esquizofrenia fundamental de la América Latina, que es la esquizofrenia entre el país legal y el país real, entre las constituciones y las leyes maravillosas que nos damos y que son copias de las leyes más avanzadas de la Gran Bretaña, de Francia, de los Estados Unidos y una realidad subdesarrollada, miserable y enajenada que tiene muy poco que ver con las leyes, que no está para nada reflejada en las leyes.  Tenemos que resolver nuestros problemas de base antes de darnos el lujo de sentirnos completamente modernos.
   
¿No es ya hora de que América Latina empiece a enfrentar los problemas de una manera unificada?
   
-Yo creo que lo estamos haciendo.   Hay muchos ejemplos de cómo vemos estos problemas desde una perspectiva común.  Tenemos que hacerlo más y más para ganar más independencia. 
   
Pero, ¿cómo eliminar la brecha entre el país legal y el país real?
   
-Ahí volvemos al problema nacional que se debate de acuerdo a la realidad de cada país.  Esto sería muy largo de explicar en esta ocasión, tendríamos que ir a la política nacional de cada país.   Por eso creo que todavía estamos en una etapa de definición nacional que no hemos superado por completo.
   
Vayamos entonces al mundo de la imaginación. El ensayo y la novela han sido tu pasión.  ¿Hasta que punto no se ínter penetran?
   
-Mira, una de las grandes lecciones de El Quijote es el diálogo de géneros.  La pureza de géneros es una idea de clase media absurda, sentimental y periclitada.  Si regresamos a los grandes modelos que gestan la novela moderna  -hablo de Cervantes, hablo de Lawrence Sterne, hablo de Diderot-  lo que hay es una mezcla de géneros prodigiosa, una contaminación de géneros. La novela moderna amenazada de extinción, ha reaccionado diciendo ¿cuál extinción? ¿Por qué me voy a morir? ¿Por qué me condenan a muerte cuando no he agotado mis posibilidades?.  Lejos de ello, lo que la novela no ha dejado de hacer es explotar sus posibilidades tal y como están en su origen mismo de la novela. 
   
Eso es una lección que yo creo haber aprendido ya. Para mí lo novelesco es el diálogo de géneros, el diálogo de lenguajes; es la coexistencia de múltiples lenguajes.  La novela es un diálogo de personajes.  Siempre lo ha sido.  Pero también es un diálogo de etapas históricas, es un diálogo de tiempos, es un diálogo de formas de comunicación, es un diálogo de fuerzas sociales, es un diálogo de formas de estilo de expresión lingüística.  De manera que ahí cabe lo que tradicionalmente se ha llamado novela y lo que se ha llamado ensayo, cabe también la poesía, el periodismo, el cine, la psicología, la sociología.  Cabe todo.  ¿Por qué empobrecernos? ¿En nombre de qué?
   
Remites siempre a Cervantes, pero mucha de tu trayectoria literaria está impregnada de un humor que transciende lo quijotesco, que quizá linda con la "tragedia". ¿Cuál es para ti la tragedia de la América Latina?
  
-La tragedia de América latina es que no tiene tragedia, que no la quiere aceptar.
   
¿Y, cuál sería, si la tuviera o si la quisiera aceptar?
   
-La tragedia es un orden moral y filosófico y estético y político en el que terminas por darle la razón a las dos partes en pugna.  En la Antígona las dos partes en pugna son la ley de la familia que representa Antígona y la ley de la ciudad que representa el tirano Creonte. Las dos son igualmente válidas, los dos tienen razón.  En la tragedia los dos tienen tazón.  En el melodrama, que es nuestra forma preferida, telenovela y todo o demás, sólo una parte tiene razón, hay bueno y malo.  En la tragedia no hay buenos y malos.  En la tragedia lo que hay es el reconocimiento de que la parte contraria también tiene razón.  Eso es lo trágico.  Eso no lo hemos sabido contemplar en la América Latina y no lo hemos sabido contemplar porque estamos enamorados de la utopía.  Estamos convencidos que estamos destinados a la utopía, que somos tierra prometida y aunque la historia se ha encargado de negar veinte mil veces de que no somos utopía sino todo lo contrario, nosotros seguimos empeñados en nuestra ilusión utópica.  Es casi como haber perdido la virginidad y seguir presentándonos como vírgenes.
   
¿En qué consistiría la utopía de América Latina?
   
-La utopía de América Latina sería dejar de ser utopía.  Es confrontar un mundo real más allá de la promesa utópica.  Es muy difícil tener una historia en la que tenemos que cargar el bagaje de la utopía cuando todo alrededor de nosotros, empezando por nosotros, niega la posibilidad de la utopía.  Esto es un poco grotesco, entonces, lo que escribimos son novelas en las que el elemento grotesco es muy fuerte y muy bueno.
   
Y, ¿por qué no inventar nuestra propia utopía y situarla como meta?
   
-La utopía por definición no está en ninguna parte, es "nowhere", es "utopos".  Sí, sí, veo lo que dices pero creo que esto exige un ejercicio intelectual muy especial y es darse cuenta de que la utopía no tiene espacio, pero quizá la utopía tiene tiempo y encontrar el tiempo de la utopía es sumamente difícil.
   
Sería encontrar nuestro propio tiempo.
   
-Sí, sería encontrar nuestro propio tiempo.
   
¿No se mueven,  hasta un cierto punto, todas las sociedades  en función de la utopía?
   
-Hasta un cierto punto. Pero, no sólo en función de la utopía, como América Latina, y negándola todo el tiempo.  Esto es nuestro drama.  Creer que la utopía es espacio.  Creemos que la utopía es espacio porque ahí están el Orinoco y el Amazonas y los Andes.  Un espacio enorme diciéndonos: aquí se puede crear la utopía.  El hecho es que no.  En la utopía de Rómulo Gallegos finalmente mandan el Sute Cúpir y los Ardavines, todos estos caciques y matones que tiñen el Vichada de sangre.  No hay tal utopía.  La utopía no está en el espacio.  Quizá la utopía está en una recuperación de nuestra cultura, nuestros tiempos históricos, proyectándolos hacia el futuro; dándoles una presencia y luego proyectándolos hacia el futuro como valores, como valores de la comunidad intelectual.   Lo que la utopía dice, y es en lo que yo creo en la permanencia de la utopía, es que el valor de la comunidad es superior al valor de poder.  Es lo que dice la utopía finalmente, es lo que dice Moro  por encima de Maquiavelo.  Pero esto significa una revolución.  Afirmar los valores de la comunidad por encima de los valores del poder en la América Latina es una revolución, es la verdadera revolución, no la revolución marxista leninista o de slogans o de ideologías.  Es una revolución profunda.  Concertar los valores de la comunidad. Identificar los valores de la comunidad y colocarlos por encima de los valores del presidencialismo y de los demás resortes de poder entre nosotros, eso es una revolución.  Una revolución que afecta las matrices del poder, las matrices de lo que somos, de cómo pensamos, de cómo hacemos el amor, de cómo comemos, de cómo bailamos, de cómo nos vestimos, de qué relación tenemos con nuestros padres y nuestras madres, que relación tenemos con nuestros hijos.  Todo eso es el problema que tenemos que confrontar, más que problemas vacíos de slogans y de estructuras.
   
¿Puede la escritura  llegar a actualizar esa casi imposibilidad?
   
-Sí, yo creo que la escritura tiene mucho que decir porque la escritura compensa las ausencias de la historia de América Latina.
   
Y el valor de los políticos ¿dónde queda?

-El valor de los políticos es el de la gesticulación.  Los políticos nuestros, han sido, como decía Usigli, el dramaturgo mexicano, gesticuladores.  Es gente que ocupa podios y gesticula.  Mueve los brazos y dice palabras.  Yo creo que nos acercamos a una nueva generación de políticos que son parte de la sociedad, parte de su comunidad y que no separan la política de la moral o de la cultura.  ¡Ojalá nos acerquemos a eso!.  Entonces, quizá estemos en el camino de la utopía latinoamericana.  Pero es mucho decir.  Tendemos a darle demasiado poder a nuestros políticos.  Salvo algunas excepciones en que hemos logrado limitar su poder, no tenemos sistemas efectivos de "checks and balances".  Somos descendientes, de la España absolutista, somos hijos de Felipe II más que de Thomas Jefferson o de Palmerston o Disraeli; de manera que tenemos que lidiar con esta tendencia al poder absoluto y tenemos que encontrar maneras políticas y sociales, por lo menos, de limitar ese poder.  La no-reelección en México es una limitación del poder enorme que tiene el presidencialismo mexicano.  Ya es algo, no es todo pero ya es algo.  Es preferible a tener un tirano en el poder durante veinticinco o treinta años.
   
Lo que pareciera que nos marca, además de la utopía, es el extremismo que también está en el origen de nuestra historia. ¿No crees?
   
-Yo creo que el barroco nos salvó del extremismo a secas, porque el barroco mezcla extremos por definición.  En el arte barroco de la América Latina, en el arte colonial y sus grandes expresiones, como en la poesía de Sor Juana, hay una disolución de los extremos y una especie de magma barroco.  Esta Expresión Americana, de la que habla Lezama Lima, es básicamente, la de "nuestro señor el barroco", como la llama él, un arte de la contra conquista, que absorbe todo lo que Europa nos da, lo mezcla con lo propiamente indígena americano, y con la cultura negra y crea una revolución, en el sentido de una mezcolanza, de un arte mestizo que disuelve la posibilidad de un dualismo.
   
¿Es el barroco la esencia de América Latina?
   
-No.  No creo que sea la esencia.  Es sólo una manifestación de la América Latina.  Creo que hay otras muchas.  No creo que Borges sea un barroco y sin embargo es muy latinoamericano.  No creo que Neruda sea barroco y es un latinoamericano.  No creo que Paz ni Cortázar sean barrocos y sin duda son latinoamericanos.  Sí creo que Lezama Lima es barroco.  Creo que Alejo Carpentier es barroco.  Creo que barroco es Severo Sarduy.  Y no creo que el barroco es solamente cubano.  Yo soy medio barroco también.  Pero es una manifestación histórica que es la que le da cupo al sincretismo, al problema de aceptación de la cultura cristiana en la cultura pagana de las Américas. Crea un arte distinto, que no es igual al arte barroco europeo.  Es una de las aportaciones, uno de los sellos de la cultura latinoamericana.  No el único, de ninguna manera.  Un sello que nos salva un poco del dualismo que  la Iglesia católica militante, la Inquisición,  quisiera haber impuesto.  Pero que no lo logró, en parte, gracias a la cultura barroca de la América Latina.
   
En ese gran diálogo de las culturas, ¿cuál es el mensaje que la América Latina le puede dar a los Estados Unidos?
   
-El sentido del fracaso.  Los Estados Unidos es un país que no acepta el fracaso.  Le cuesta muchísimo aceptar el fracaso y por eso no es un país universal.  El fracaso es universal.  El sentido de la derrota es universal.  El sentido del sufrimiento es universal y los Estados Unidos se han querido ver siempre como el país del éxito, el país de la felicidad y cuando sufren un fracaso, por ejemplo, Vietnam, no saben qué hacer con ese fracaso.  Entonces intentan reconstituir su sentido del éxito de una manera sintética, viciada y falsa.  El gran escritor norteamericano que se enfrenta a este problema es Faulkner.  Faulkner es capaz de ver con una gran profundidad que la universalidad del hombre es la universalidad del fracaso, de la derrota, del sufrimiento y su perdurabilidad y su afirmación, trascienden el dolor y trascienden la derrota. 
   
Esto es muy difícil de comprender para los norteamericanos.  Están totalmente sintonizados con la idea del éxito, siempre lo han estado.  Es el "big success story".  Nunca ha habido un país con más éxito en el mundo.  Sólo el Imperio Romano quizá.  En el pasado más reciente, ni siquiera el Imperio Británico.  Les cuesta mucho aceptar esa realidad.  Los latinoamericanos sabemos de la fugacidad de las cosas. 
   
Cuando Heródoto escribe la primera historia de la humanidad dice: Este es, en primer término, un libro sobre el encuentro de Grecia y Persia, de Europa y Asia y de cómo tuvo lugar eso y  cómo se fraguó ese encuentro.  Es, en segundo lugar, un libro sobre la fugacidad del poder, sobre la velocidad con que el éxito desaparece y nos tenemos que enfrentar a la derrota y a la muerte. 
   
Yo creo que Homero, en la Ilíada, nos está diciendo exactamente lo mismo: La gloria se puede obtener, pero la gloria es una máscara de la muerte y la derrota.  Esto es lo que a los norteamericanos les cuesta mucho aceptar y es lo que los latinoamericanos sabemos por experiencia.  Es la diferencia y la lección.  En este mismo continente hay una experiencia más universal que la de ellos y es la experiencia nuestra, la experiencia de la derrota, del sufrimiento, de la excentricidad, de la necesidad de soñar, de inventar mundos, de fabular mundos para compensar la historia.  Los norteamericanos olvidan la historia porque sienten que la historia ha sido un éxito.  Nosotros tenemos que mantener la historia porque sentimos que ha sido un fracaso.  Entonces la tenemos que mantener a través de poemas y novelas.  Eso es una lección nuestra.
   
¿Y qué deberíamos aprender nosotros de los norteamericanos?
   
-Los norteamericanos son organizados.  Los norteamericanos tienen horas decentes para vivir.  No viven a estas horas extravagantes nuestras.  Se trabaja más y mejor, porque es mejor estar trabajando a las ocho de la mañana y almorzar a la una, comer a las siete y estar en cama a las once, pero nosotros somos rabelaisianos y orgiastas y no sé si eso nos convenga. 
   
Es un país mucho más organizado.  Tiene mucho más sentido de comunidad.  Eso siempre me impresiona allí.  Son capaces de darle algo a la comunidad.  Nuestras clases altas y medias son extraordinariamente individualistas.  Piensan en ellas nada más, no le dan nada a los demás.  Son orgullosamente individualistas.  Son terriblemente abyectas ante los poderosos al mismo tiempo.  Yo creo que hay una crisis lamentable de las clases superiores de la América Latina.  Son incapaces de dar nada.  Sacan todo su dinero de los países.  No reinvierten.  En el fondo quisieran ser Puerto Rico.  Quisieran ser colonias de los Estados Unidos para quitarse el problema de gobernarse con inteligencia y con humanidad a sí mismos.  Sí, los norteamericanos saben resolver problemas, poco a poco, sin visiones apocalípticas. 

Estas son algunas de las cosas que se pueden decir a favor de los Estados Unidos.  En cambio, su gran peligro es la arrogancia, la ignorancia de las culturas ajenas, la amnesia acerca de su propia historia.  El gran peligro podría ser sumar la arrogancia con la ignorancia y  proyectarlas como política de poder mundial.  Esto le daría a los Estados Unidos un falso sentimiento de grandeza.  La cultura norteamericana debe estar alerta contra este engaño.  No se puede condenar de modo maniqueo a culturas enteras, a países enteros, como portadores del mal: México o la corrupción, Nicaragua o la peste, Palestina o el terror, etc. ¿Dónde arrojar la primera piedra?  ¡Cuidado! Hay techos de vidrio en la criminalidad de Nueva York, la exportación de marihuana de California, el procesamiento y venta de drogas en Los Ángeles, el desafío a la ley y los tratados y el fomento del terrorismo de estado vía CIA.

En vez de satanizar, usemos la imaginación para resolver problemas.  Nadie es casto.  Nadie es inocente.  Pero si los Estados Unidos insisten en tratar como un peligro a las sociedades emergentes, claro que serán un peligro.  Los norteamericanos son los máximos cultivadores de lo que ellos mismos llaman la "self fulfilling prophecy": la profecía falsa que, de tanto anunciarse, se vuelve cierta.